Priviet, Bienvenido el vino chileno

by | 4 May, 2009

Rusia es un universo aparte. Un universo caótico, agresivo, en ciernes. Tomar un taxi es toda una aventura. El precio de la carrera depende de las estrellas de tu hotel o de la expresión de tu cara (cara de pájaro o avispa). Todos los rusos son potenciales taxistas. Sólo hay que levantar el dedo pulgar, como que no quiere la cosa, y un auto, desde un destartalado Lada hasta un Mercedes, se detendrá como por arte de magia. Y hay que negociar. Negociar en serio. Una misma carrera te puede costar desde 300 hasta 1.200 rublos. Definitivamente no son los mimos taxis que toma Patricio Tapia en Nueva York.

Es por eso que las viñas chilenas deben sí o sí contratar seguros para exportar a Rusia. Sus habitantes beben, y mucho. Sin embargo, les cuesta meterse la mano al bolsillo, donde, con mucha frecuencia, sólo se encuentran telarañas. En Rusia se ha hecho sentir la crisis, aumentando aún más la brecha entre multimillonarios hombres de negocios y obreros (el nivel de sofisticación de algunos de sus centros comerciales o restoranes es asombroso y genera un dramático contraste con la dura realidad que vive la mayoría de los rusos). Aún así, es un mercado con muchísimo potencial y, como dicen los viñateros, “algún día tiene que explotar, y hay que estar ahí”.

Después de tomar un taxi desde el Kremlin, donde alojaba la presidenta con su hijo, llegué al Hotel President para la Muestra y Cata de ProChile. Me sorprendió ver una galería con los retratos de las figuras ilustres que se han hospedado ahí, desde Hugo Chávez hasta Richard Nixon, pasando por el Che Guevara y Fidel Castro. También me sorprendió de sobremanera la gran convocatoria que generó este evento. A pesar de los vientos de crisis que soplan, y que despeinan incluso a los pelados, asistieron nada menos que 43 viñas, desde Limarí hasta el Maule, desde Malvilla hasta el Alto Maipo, mostrando casi todo el espectro de vinos que vende (y a veces regala) nuestra industria vitivinícola.

Además el evento ofrecía un rico ensamblaje entre las llamadas viñas grandes y las boutique. A miles de kilómetros de Chile, y a diferencia de lo que muchas veces ocurre en nuestro país, se respiraba un aire cálido y de camaradería, donde los grandes cooperaban con los chicos y viceversa, sin anteponer sus intereses particulares (incluyendo las actividades extraprogramáticas). Esto es posible gracias al subsidio de ProChile a las viñas con retornos más modestos (la institución asume el 100% de los costos de los pasajes para las empresas que facturan menos de US$ 500 mil anuales, y el 70% para las que facturan entre esa cifra y US$ 1 millón).

Los visitantes a la muestra, entre periodistas, importadores, distribuidores y algunos prominentes sapos, colmaron uno de los salones del President. Los representantes de las viñas tuvieron mucho trabajo, especialmente para comunicarse, pero, en términos generales, quedaron muy contentos. Como dicen los enólogos hoy en día, no es necesario hablar, sino dejar que el vino se exprese. Incluso recibieron la visita de la presidenta. Bachelet se paseó alrededor del salón saludando de mano a los viñateros (sólo los que se encontraban en la isla que se formaba al centro del salón quedaron con la mano estirada). No quiso aceptar ni un sorbo de vino. “Tengo que trabajar”, dijo. Unas horas después se entrevistó con Putin, quien, a esas alturas, de seguro tenía varios vodkas encima.    

En San Petersburgo, en cambio, el evento fue bastante distinto. Las instalaciones del Hotel Sokos eran más modernas, las copas más finas, y el público más refinado, sociable y cariñoso, especialmente sus monumentales mujeres (no le tienen nada que envidiar a las chilenas). Junto con catar las líneas de las distintas viñas, una consistente y representativa muestra de nuestro universo de vinos, me entretuve viendo las caras de nuestros representantes. Paradójicamente eran los chilenos los que estaban boquiabiertos y no lo catadores rusos. “Pero hay que estar”, repetían con una voz afectada, mientras llenaban una y otra vez las copas de vino, ya extrañando, seguramente, a sus esposas e hijos.  

Después de regatear alrededor de 15 minutos, tomé un taxi para el aeropuerto. Sin embargo, a diferencia de Tapia, llegué a Santiago sin novedad alguna: sano y salvo.

 

 

 

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